Saltar al contenido

Llevarte al huerto

Tiempo de lectura: 7 minutos

Este que veis aquí es el primer tomate que maduró en mi balcón. Enrojeció en cuestión de horas. Fue un pequeño tesoro y lo custodié fielmente en mis pausas de teletrabajo confinado (y post-confinado). Hasta que, con un chorrito de virgen extra y una pizca de sal… ¡nos lo zampamos! Entre que lo cosechamos y nos lo comimos pasaron menos de dos minutos.

Qué pequeño tesoro, un tomate, que en el plato duró segundos y cuya ausencia en los lineales durante los primeros días del estado de alarma declarado por la COVID-19 recordaré durante años.

Sinceramente, creía que nunca vería algo parecido al desabastecimiento (y menos de alimentos frescos) en un supermercado europeo pero el viernes 13 de marzo de 2020 fui testigo de ello. La cajera nos confirmó que la gente había arrasado con las conservas y los frescos (y por supuesto, con el papel higiénico) antes de las 11 de la mañana. Curioso ciclo apocalíptico: comer mucha fibra, tránsito intestinal desbocado, consumo desmesurado de papel higiénico.

Después de este desabastecimiento, aún vi otro semanas después. Pero no en un supermercado. Y ahora me resulta imposible no ver este segundo desabastecimiento sin la perspectiva del primero: porque lo presencié en la tienda de jardineria a la que acudo ahora que me he convertido en un hortelano de balcón.

Tras días de apertura al ralentí, al cuarto día de horarios libres sin citas previas (¿era la fase 2 o la 3?) no quedaban aromáticas o solanáceas (tomates y pimientos) y si los frutales resistían en su húmedo y ufano lineal era por su precio, no siempre accesible en un país de ERTES y metros cuadrados limitados.

Si contra pronóstico, en el primer desabastecimiento faltaron los frescos, luego nos empezó a dar por cultivarlos en casa ante una amenaza a la cadena de suministro que no ha desaparecido ni de lejos. En realidad, puede que la explicación del segundo desabastecimiento sea que los residentes de casas con jardín habían pospuesto demasiado sus visitas al garden, o que los viveros estuvieran retomando su actividad a medio gas. Pero insisto en que veo una conexión y más si luego ves en Exploding Topics lo que se ha disparado la búsqueda de plant delivery (y Exploding Topics ya había previsto la escasez de levadura solo fijándose en las búsquedas) o que la demanda de huertos urbanos vecinales vuelve a estar al alza.

Hacia la digitalización de la distribución de frescos

La verdura quizá sigue siendo ese grupo alimentario denostado por el imaginario popular pero cada vez nos gusta más según múltiples tendencias. No solo nos hacemos más vegetarianos y veganos y reinvidicamos lo de proximidad… Es que las queremos tan cerca que nos las hacemos en casa. Y por eso, en EEUU una marca que subministraba plantel y herramientas de jardinería a retailers ahora es capaz de hacerlo directamente al consumidor, sin demasiados problemas y en un tiempo récord.

Este mercado online funciona bien, la demanda y las búsquedas crecen. Pero, paradójicamente y a pesar de su mayor volumen, el mercado de la alimentación y productos frescos siempre ha tenido problemas a la hora de enfrentarse a su transformación digital. El último se lo ha comido Amazon con el cierre de Amazon Pantry en España, donde sigue sin despegar el e-commerce de productos frescos. Adam Abadías decía en LinkedIn que no es que el sector no tenga futuro, es que este tendrá que ser local y no puedo estar más de acuerdo. Cultivar el tomate en el balcón. Comérmelo a dos metros de distancia. Esa es la proximidad.

En todo caso, aunque ningún player sepa capitalizarlo claramente, nuestra relación con los alimentos frescos está sufriendo un rebrote tras años de cadenas de suministro largas que distanciaban al productor del consumidor en relaciones que en ocasiones perdían valor. Muchas marcas lo han entendido y han empezado a visibilizar al productor y a desarrollar relaciones más éticas con este colectivo. Pero quizá no es suficiente, especialmente si hablamos de grandes marcas. Quizá el camino es ir hacia una hiperatomización a base de mercados de proximidad y cestas de hortalizas por subscripción desde actores muy pequeños y locales. O quizá es contemplar como esa inquietud de los consumidores cristaliza en decenas de productos que prometen vegetales en casa sin esfuerzo. Como los huertos digitales o incluso los interactivos.

Huertos digitales y DIY

Evidentemente este cambio de paradigma puede ser traumático para muchas empresas y trabajadores del sector primario pero si es cierto que vivimos una crisis del campo no lo es menos que, sobre todo con el confinamiento ha aparecido una necesidad de acercarnos a la naturaleza y a nuestros alimentos. Y sorprendentemente, esto no excluye a la tecnología sino que la usa como aliada para lograr que los que no tenemos ni idea de cultivar no nos convirtamos en asesinos de plantas.

Quizá es un caso más de eso tan startup de «ponle un chip y llámalo smart» pero quizá es un movimiento muy necesario ante una tendencia muy sólida. ¿De qué estamos hablando?

De huertos urbanos digitales

Efectivamente, si hace unos años el huerto urbano era una tendencia que iba cristalizando, ahora estamos en un momento en el que empieza a ser evidente su digitalización. Existen productos más premium y otros más sencillos, que ofrecen soluciones más hackeables o adaptables. Desde un Gardenbyte de diseño nórdico y precio algo prohibitivo a Pico, pensado para micropisos y espacios diminutos en los que ni macetas caben.

A mi entender además del componente digital, toda esta ola de nuevos huertos urbanos está pensada para funcionar con muy poco espacio (por ejemplo, colgados de la pared) o con poca luz, lo que permite aprovechar sitios oscuros donde habitualmente no pondríamos plantas . En cierto modo es el espíritu hacker llevado a las ensaladas.

Kickstarter ha tenido muchos proyectos similares, como Smart Herb Garden, Calla (con un naming desafortunado en castellano y con un diseño interesante para centros de mesa o incluso fuera de las cocinas) o, si pensamos en un volumen algo mayor, GrowChef.

Existen multitud de propuestas, a veces con pequeñas diferencias y con focos en distintos segmentos o usos, pero cuando una idea se repite tanto (al margen del fenómeno de los copycats en Kickstarter), en general es el signo de que ha llegado su hora. Incluso cuando hay quien lleva más allá el concepto y a todo el huerto hidropónico le añade un pez que genere nutrientes para las plantas mientras estas le limpian el agua al pequeño Nemo. ¡Para jugar a ser dios!

¡Hay un pez de verdad ahí! No sé si me flipa o me echa para atrás.

O… la digitalización de tu huerto urbano

Sin embargo, de todas estas ideas, la aproximación de Greensens quizá tiene más sentido por coste e impacto ambiental. Es una solución de digitalización low cost de nuestro huerto urbano: un sensor de luz, humedad y nutrientes que nos permite recibir información de nuestras plantas como si fueran tamagotchis. No deja de ser parecido a cierta tecnología aplicada en la agroindustria al por mayor pero que sin duda permite que podamos gestionar de forma más o menos autónoma nuestra explotación de autoconsumo.

Además, el conocimiento de toda la vida del huerto en su oralidad efímera (con consejos como «la planta te pide que la podes») tienen un aliado inesperado en YouTube donde florecen centenares de creadores que acompañan horticultores y jardineros aficionados. Incorporar todo ese conocimiento cuando a mi alrededor ya no quedan mayores que me cuenten como quitar el pulgón (inexplicablemente, la solución nada tradicional que mejor me va es pulverizar con agua con Fairy), no deja de ser una forma de digitalización que en sí misma impulsa el movimiento de los huertos urbanos.

Huertos urbanos 2.0

No es solo el huerto urbano convencional digitalizándose. Es que, mediante la hidroponia (cultivo sin tierra) y mecanismos fool-proof tengamos dispositivos y sistemas totalmente pensado para saltarse directamente la tierra de la ecuación. Y ojo. El foco ya no es un huerto rural productivo. Es casi un mecanismo de resistencia urbano como OneKindBlock, inventado por un adolescente singapurés para reverdecer su ciudad-estado.

Esta perspectiva tan centrada en lo urbano resulta clave: además de la reducción de CO2 que cualquier planta aporta, está la necesidad de reducir distancias con los alimentos y los espacios verdes para ganar eficiencia, con lo que a largo plazo quizá estamos ante una interpretación literalmente radical de lo que significa de proximidad.

Aún sin tener claro si la hidroponia es viable comercialmente o si los huertos urbanos son sanos hay varios proyectos que la proponen como un revulsivo para uso doméstico (donde los costes son más controlables) pero creo que hay un proyecto que es interesante destacar por su premisa planet-centric ya que propone reciclar plástico a partir de un producto mínimo. Se trata de Bottle Farm que permite empezar con una inversión aún más reducida y reutilizando plástico por el camino al usar botellas de plástico como base.

Otro proyecto interesante en el semento hidropónico es Terraplanter. Esta torre de cerámica se llena de agua y su pattern permite que las semillas germinen y echen raíces a la vez que se nutren del agua del interior. De repente, tenemos un objeto de decoración (es del tamaño de un jarrón) con las dimensiones funcional y estética en un equilibrio perfecto.

Gamificando el consumo de hortalizas

¿Donde creo que está la gran oportunidad en huertos urbanos y en esta idea de proximidad radical? Para bien o para mal, no está tanto en lo doméstico, porque este ámbito no es capaz de asumir grandes volúmenes aunque sea para una sola unidad familiar. Sin embargo, el gran take out es el hecho de que haya tanta inquietud por el autocultivo de alimentos, lo que hace pensar que los pequeños productores tienen algunas variables de la ecuación a su favor frente a la gran distribución. No todas, por supuesto, pero quizá esta vez la transformación digital representa una oportunidad más clara para los pequeños players.

Y es que los pequeños agricultores (pequeños pero con suficiente volumen para hacer frente a demandas locales) tienen una clara oportunidad de innovar, aún siendo la parte débil de la cadena: tienen el producto y las inercias del mercado de su parte.

La solución está en la cercanía, la eficiencia y en poder incidir en nuestra alimentación cuanto antes mejor porque los argumentos de venta se sustentant en todo el proceso de cultivo. Por eso la propuesta casi gamificada de Cooltivat es especialmente esperanzadora. Si hubiera que definir este servicio podríamos decir que es una mezcla de Farmville y servicio de subscripción a una cesta de hortalizas. Tú decides mediante una app qué plantas y cómo las dispones… y luego un profesional las cultiva así en la parcela que alquilas.

Evidentemente si hablamos de venta directa al consumidor (D2C) de frutos, hortalizas y otros alimentos frescos estamos hablando de una competencia brutal y muchos proyectos no terminan de despegar. Probablemente la clave sea entender la digitalización como interactividad (no necesariamente high-tech: ahí está la iniciativa Apadrina un Naranjo funcionando por e-mail) y como un medio para acercarnos a nuestros alimentos.

Y quizá, también sea cuestión de renunciar grandes alcances geográficos en favor de mayor penetración y arraigo local. Es sin duda, una forma de crear comunidades próximas, resilientes e independientes de grandes monopolios y de convertir algo potencialmente tedioso como la planificación de compras o comidas en algo potencialmente divertido y estimulante.