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Rebeldía creativa permante y arquitectura efímera

Empieza la película. Probablemente americana. Un servidor público descubre algo (agente de policia o del FBI, bombero, médico), sus jefes no le creen, él se lanza a solucionar eso que ha descubierto y, además de tener que luchar contra su enemigo, le toca hacer frente al sistema representado por sus superiores y hasta por sus compañeros. Un hombre solo contra el mundo (siempre es un hombre). Un absoluto lugar común.

El caso es que es muy fácil reconocernos en el lado del héroe, por puro sesgo y por que, qué narices, es mucho más fácil pensar que el mundo se equivoca a nuestra contra antes que admitir errores o necesidades de mejora.

Pero… ¿sabríamos estar en el papel de los superiores? ¿Sabriamos evitar la película, solucionar el fregado que nos plantea el héroe pero sin explosiones, sin persecuciones y sin provocar el caos en Nueva York (siempre son hombres y siempre es Nueva York)? En resumen: ¿sabemos reconocer un buen diagnóstico, una buena idea, algo brillante cuándo lo tenemos delante y entra en conflicto con lo que sabemos?

Mi teoría es que no. Aquí va algo en contradicción con mi último artículo. Y dejemos el thriller de explosiones y policias renegados para irnos a los bosques de la Garrotxa, al norte de Catalunya. Zoom in. ¿Qué narices es esto?

Las cabanes d'en Garrell en Argelaguer, la Garrotxa, Catalunya

Las torres que no debían alzarse

Bienvenidos a les cabanes d’en Garrell, en Argelaguer. Uno de mis sitios favoritos del mundomundial (por favor no lo pongas en Instagram). Garrell era el mote de Josep Pijiula, un tipo que en su tiempo libre se dedicó a hacer esto.

De estas construcciones surgieron decenas de conflictos: con los que las vandalizaban, con la constructora de la carretera cercana y con el Ayuntamiento del pueblo que tenía serias dudas sobre si permitir esas torres medio permanente medio efímeras, improvisadas y casuales como decía el propio Garrell. Sin embargo, una vez fallecido él, me atrevería a decir que sus cabanes son el único atractivo turístico que tiene el núcleo de Argelaguer.

Pocos supieron ver si aquello tenía sentido. Ni él mismo se lo daba. Su mujer no fue jamás a lo que hoy, en el pueblo llaman parque y de hecho, Garrell derruyó las estructuras de madera por completo hasta dos veces. El mérito estuvo en las personas que optaron por ser coherentes con su juicio y proteger al creativo y a su creación. Y hay un documental precioso, en catalan, sobre el tema.

¿De qué lado creativo estamos?

Repito la pregunta. ¿Sabemos ver el potencial de una idea? ¿O nos ofuscan sus contrapartidas? ¿Somos como el alcalde de Argelaguer que pensaba que alguien podría hacerse daño en el laberinto de ramas? La historia nos demuestra que hay decenas de antigenios por cada genio. Pero la historia también nos demuestra que el genio no es algo que aparece aislado, que es hijo de unas circunstancias muy concretas.

Así aunque Garrell no tenía formación artística o arquitectónica, construía. Aprendía de la naturaleza, de cada error, de cada idea. Y tampoco es el único que ha querido construirse un refugio en el cielo con madera. Es decir: hay experiencias que podían haberse usado para proteger el espacio y a su autor y tener hoy un lugar mejor conservado. No puedo dejar de comparar las cabanes con la Goose Creek Tower de Alaska, por ejemplo.

El arte es juzgar

En publicidad y en otras carreras creativas caracterizadas por las subjetividad de sus productos, debería haber una asignatura para aprender a juzgar, un entrenamiento de criterio de alta intensidad. Porque eso es lo que muchos harán toda su carrera y es algo que a muchos nos tocará hacer en un momento u otro. Y sobre todo porque es fundamental para reconocer lo bueno y lo mejor. Igual que todas las ideas son mejorables, todas son empeorables y creo que, en esas pelis americanas, al final los superiores del héroe terminan disculpándose o, peor, ¡están en el ajo con los malos! Así que, insisto, ¿estamos realmente seguros del bando creativo en el que estamos?

Los limites legales de la creatividad

La creatividad es un proceso social y como se deduce que debería seguir leyes y normas. Esto encaja con la interpretación de los que creían que Garrell no debería construir en el bosque algo que no tenía permiso de edificación, fuera lo que fuera.

Sin embargo, agárrate fuerte: la creatividad no debería tener límites legales. Otra cosa es que estos restrinjan (con razón) el producto creativo acabado. La creatividad en tanto que proceso debe aportar novedad y valor y ambos objetivos pueden lograrse adecuándose al contexto al final de proceso (compliance) o simplemente cambiando el contexto, un fin especialmente propio de la práctica artística pero también, en ocasiones, de la publicidad y del diseño.

Y en cierto modo, las estructuras de Garrell cuestionan convenciones. Que, en lugar de museizar las ciudades, convirtamos un pueblo en referente artístico y arquitectónico. Que, en lugar de estar en el bar, miremos hacia arriba para llega hasta ahí. Que en lugar de destinar todo nuestro potencial a un sueldo a final de mes lo destinemos a aquello que nos piden nuestra mente y nuestras manos, casi de forma casual e improvisada.

Hay miles de historias de obras que no encajan en sus contextos. Desde Gaudí y la manzana del Eixample que hay que derrumbar para terminar la Sagrada Família a las películas censuradas. ¿Conoces más casos?

¿Qué crees que se puede hacer y qué no? ¿Le ponemos límites a la creatividad?

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