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Cuñados con pedigrí

La opinión está completamente sobrevalorada. Incluida esta. Nuestros sistemas pseudodemocráticos nos han hecho creer que nuestro punto de vista merece ser tenido en cuenta cuando en realidad, a lo que tenemos derecho es a emitirlo. De que nadie pueda callarnos la boca a que lo que sale de ella sea relevante hay un trecho enorme.

Para decir eso no hay que ser un as. Basta darse un garbeo por Twitter y descubrir que el 99 % de las opiniones no aportan nada. Yo mismo me corto de entrar al trapo en miles de temas en los que me apetece soltarla porque las palabras serán muy poderosas y tal y cual pero raramente cambian el punto de vista de nadie, que para eso ellos ya tienen su opinión.

Que tenemos un problema con la sobreopinión es evidente. Hacemos oídos sordos y ojos ciegos a las palabras pero sin embargo, se aprecia que los opinadores escriban o hablen bien y eso ha abonado el terreno a la práctica de usar escritores como articulistas de opinión.

Escritores: esos cuñados premium

Les damos voz en columnas y tribunas como si de verdad tuvieran algo que decir aunque su opinión no es más valiosa que la de la frutera de la esquina o la del cuñao de barra de bar. Los escritores son profesionales de lo suyo, de escribir. Pero se pueden equivocar tanto como tú o como yo: ni son politólogos ni abogados ni agentes secretos.

Todos ellos escriben muy bien y poseen un verbo musculoso que ya me gustaría a mí. Pero ponerlos a opinar es como poner a Usain Bolt a correr una carrera de orientación. Que tengan capacidad literaria, no significa que sean capaces de encaminar su prosa onanista. A ellos les parecerá importante lo que quieren contar, pero lo relevante en un medio es aportar algo que sume: un punto de vista minorizado, una historia, un análisis datos en mano, argumentos para tomar perspectiva. Y las herramientas de trabajo del periodismo y el análisis son el rigor, la exhaustividad, la capacidad de divulgación. Escribir bien importa, por supuesto. Pero prefiero leer mil veces más a un experto en geopolítica que los desmanes desatinados de Reverte sobre islamismo radical.

El problema de las columnas de opinión en los medios

El uso de escritores como columnistas es una consecuencia del problema endémico del género de opinión: que llena espacio con una inversión inferior a la investigación o el contenido elaborado. Es más barato, por mucho que cobre Javier Marías, ponerlo a desvariar desaforadamente sobre las redes sociales sale más rentable que pagar la nómina de tres periodistas que te hagan un trabajo de periodismo de datos durante varias semanas. Y eso que Javier Marías reconocerá en la misma columna que no usa ninguna red social y que, por tanto, no tiene ni puta idea de lo que habla.

Puestos a dar voz a gente que no contrasta ni discierne especialmente, dársela a un escritor tiene un mínimo sentido: por lo menos estarás leyendo a un Nobel como Vargas Llosa. Eso debe hacer la opinión algo más digerible digerible (aunque digerir diarrea mental nunca es fácil).

A pesar de que la materia prima es la misma, la literatura y el periodismo son distintos, también en el género de opinión. Los cerveceos y las astracanadas, por muy bellos que sean jamás son relevantes. Y en el momento en que un medio que debería ganar dinero con sus lectores te encarga crear algo, ese algo debe crear lectores y aportarles valor.

Un escritor no es una mente clarividente

Que un escritor escriba bien no significa que no tenga opiniones tóxicas a las que luego se les da voz con alegría sin importar las consecuencias. Quim Monzó es un sionista de pro. Juan Manuel de Prada es un fundamentalista católico. Limonov tenía un partido nacional-bolchevique. Houellebecq es islamófobo. A Béigbeder le mola Albert Rivera.

Los puntos de vista de estos señores, tan supuestamente genuinos, suelen ser minorizantes, pues al dar voz únicamente a escritores reconocidos reproducen el sesgo de la sociedad y solo leemos la opinión de hombres blancos de mediana edad. Y esa opinión no puede ser relevante si es hegemónica y menos si toda su fuente proviene de autocitas.

En definitiva: el escritor no tiene por qué generar un buen contenido para los medios en tanto que no le hace falta documentarse para opinar, con cumplir su cupo de caracteres basta. Que un escritor tenga una opinión muy significada y sepa expresarla con gracia no lo hace portador de la verdad.

Dejad de idolatrarlos. Y leedlos. Pero no les hagáis demasiado caso. No son más que cuñados con pedigrí.