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8legy: requiem por Sense8

A menudo Netflix trata de evitar los spoilers como minas antipersona en los resúmenes de las series y los capítulos que te muestra. Por eso cuando para su producción propia Sense8 lees “… intensa serie en la que ocho personas experimentan telepáticamente las vidas de los otros” no suena especialmente motivador. Hasta que no la ves, no te das cuenta de por qué Sense8 vale la pena y de que no debería ser cancelada, a pesar de que Netflix no la renovará para una tercera temporada.

Empezamos por la superficie y la factura técnica de esta serie. Uno de los retos más comunes de la ciencia ficción es representar lo nunca visto. Igual que una historia de viajes en el tiempo requiere un recurso audiovisual determinado para dar a entender un concepto que nuestra mente no imagina, la peculiar conexión entre los protagonistas de Sense8 se manifiesta mediante juegos de cámara y montaje. Las hermanas Wachowsky, Michael Straczinsky y Tom Tykwer van dosificando esos efectos y su exuberancia de trucos florece en la segunda temporada. Pero a veces su sutileza es tal que no nos damos cuenta del trabajo enorme que supone: los ocho actores están presentes mientras se rueda en cada una de las 8 localizaciones, luego se produce un montaje centrado en cada rodaje y finalmente, un montaje que sintetiza todas las localizaciones a la vez para dar a entender cómo es la sensación de sentir como otra persona y de estar en varios sitios a la vez.

Audiovisualmente es una serie virtuosa y el efecto es hipnótico, especialmente en las orgías preciosistas marca de Tykwer (sí, follan conectados mentalmente) y en las peleas a lo Wachowsky. Realmente entiendes que la conversación on tiene lugar ni en Nairobi ni en Seul si no en las mentes de los personajes. Los personajes se maravillan a medida que descubren y dominan sus capacidades y tú con ellos. Durante largos minutos la serie adquiere factura de videoclip y, con una música de fondo cuidadosamente elegida, muestra los aspectos más profundos de la condición humana a través de la experiencia de sus personajes (en la primera temporada hay un concierto en Islandia que es absolutamente épico en este aspecto). En estos momentos, la trama no avanza, simplemente se recrea en hacer que comprendamos mejor a los personajes y, como entenderás más adelante, también a nosotros mismos.

Luego está la cuestión de lo explícito. Me gusta que Netflix la defina como una serie intensa. En  una historia de percepciones y comunicación extrasensorial, las emociones se viven a todo tren. Y en consecuencia, la violencia y el sexo tienen lugar en todo su esplendor. Y todo su esplendor puede significar que vemos la realidad más cruda de los pandilleros de Chicago sin ningún filtro o que una de los primeros planos que se muestran en el piloto es un strap on impregnado de flujo y lubricante.

Eso enlaza con el rasgo que todo el mundo ha loado en ella: la diversidad de orígenes, de valores, de creencias y también, la sexual.

Viendo Sense8 es imposible no pensar en la anterior colaboración de las Wachowsky y Tykwer, El Atlas de las Nubes, que era un pastiche de varios géneros con varias historias que se contenían unas a otras a través del tiempo y el espacio. Sense8 es muy parecida en su concepto: al margen de la trama principal, muestra 8 historias distintas en 7 países diferentes, con temas locales pero también universales: la identidad de género y sexual, la transcendencia, la ira, la familia o el amor. Aunque resumir Sense8 en una palabra es totalmente absurdo debido a su vasta complejidad, esa hipotética palabra es sin duda empatía. Igual que El Atlas de las Nubes, Sense8 mezcla varios géneros que van desde el thriller hasta el musical de Bollywood y gracias a esa conexión sensorial podemos ver como una disc-jockey que consume drogas de todo tipo empatiza con un gángster alemán o como una coreana de clase bienestante comprende los problemas de un conductor de matatus de Nairobi. Entender, respetar y comprender a los demás sintiendo como ellos. Siendo ellos. Me parece un concepto que, incluso sin ciencia-ficción de por medio, es poderosísimo como mensaje universal de tolerancia.

Los personajes de la serie son realmente diversos y sin embargo, se comprenden a la perfección gracias a su poder para estar en la mente del otro. Literalmente, Sense8 es una serie que sirve como antídoto a nuestros tiempos, como dice este artículo en el Huffington Post. Mantenerla era una cuestión de militancia y cuesta de creer que una marca valiente como Netflix que viene apostando por productos propios polémicos como House of Cards o 13 reasons why no mantenga una serie que además de mostrar desigualdades económicas, diversidad racial o personajes gays, no convierte eso en lo más determinante de la trama, lo que es un paso enorme.

Sí, de verdad: hasta ahora, gran parte de las historias sobre personas LGBTQ tenían como línea argumental principal la condición del protagonista. En Sense8, por ejemplo, vemos un personaje gay saliendo del armario y asumiendo sus consecuencias. Pero eso no es la trama principal y el personaje es mucho más complejo que eso: aporta cosas al clúster y tiene muchos otros rasgos que lo definen además de su orientación. De hecho, es interpretado por Miguel Ángel Silvestre y es una sátira desternillante sobre los papeles de galán en los que se le suele encasillar.

Normalmente nos metemos en la mente de los personajes que nos resultan magnéticos. En Sense8 hay ocho personajes atractivos, contradictorios y radicalmente diferentes. Exactamente como todos nosotros. Y no solo se entienden entre sí: es que ahí reside la belleza de todo.

#BringBackSense8