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Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir

Las disculpas tienen una aceptación que se me escapa. Son moneda de cambio de todo tipo de fechorías y a veces parece que eximen de responsabilidades de una forma cercana al milagro.

Ejemplos los hay tantos como perdones se otorgan. Pero déjame comentar uno de interés local. Un profesor del instituto Gili i Gaia de mi ciudad hizo comentarios homófobos en clase. Eso tan tardofranquista de que la homosexualidad es antinatural. Su fama le precedía. Yo sin haber asistido jamás a este centro ni haber visto la cara de este tipo sabía que cargaba hacia la derecha.

Ahora la juventud tiene más discurso. Cuando pienso en la capacidad organizativa y combativa de mi yo adolescente, es de risa. Pero además el SEPC ha hecho bandera hábilmente de esta reivindicación y la ha liado bien parda. Como debe ser.

El claustro respalda a los alumnos pero al profesor no le harán nada. Porque es funcionario y se ha disculpado.
Atención al poder de las disculpas: una especie de catarsis por la cual este hombre dejará de pensar que la homosexualidad es una enfermedad. ¿Qué bonito sería, no?

No solo este señor de orden seguirá pensando lo que piensa, es que mentirá como un bellaco con las disculpas. Porque las disculpas son palabras vacías. Nominalismos, por decirlo en términos filosóficos. Además, que como bien saben los sofistas, donde median las palabras pueden mediar las mentiras.

Unas disculpas no pueden indultarnos de las consecuencias de nuestros actos. Apenas deberían ser un atenuante. Si la has cagado y has ofendido a alguien, apechuga con ello. Deja que sean tus superiores y tu entorno quienes determinen las consecuencias.

Imaginemos que un salvaje homófobo se carga a un adolescente gay. Pero pide perdón. ¿De verdad esas disculpas cambian algo?

Los actos de manipulación docente y abuso de autoridad no son puñaladas pero quedan. He visto como muchos profesores usaban ese efecto tarima y disfrazaban su superioridad intelectual de superioridad moral para vomitar todo tipo de ideología. Luego el espíritu crítico se desarrolla y la eficacia de estas soflamas no es demasiada pero seguro que hacen que más de uno se pasee con la cabeza rellena de falacias y con razonamientos ajenos convertidos en dogma. Y el mal está hecho.

Por eso, en cualquier caso y especialmente en este que nos ocupa, la disculpas no solucionan nada. Especialmente cuando como docente tienes la misión de preparar a esos alumnos para la vida, no de decirles cómo vivirla.

¿Qué solucionaría las cosas? El arrepentimiento. Si las palabras no hablan, los actos sí.
Arrepentimiento sería que este buen hombre aceptara debatir y abrir su aula a miembros de colectivos LGBTI para dar una charla sobre sexualidad queer.

Arrepentimiento sería que este hombre contara quién y por qué le ha metido en la cabeza esa idea a él. OPortUnamente Se sabrían muchas cosas y podríamos analizar la infiltración en el sistema educativo de elementos peligrosamente reaccionarios.

De hecho, esa misma caspa que alberga discursos de este calado tiene una relación curiosa con la idea del perdón. Ambas hunden sus raíces en la mentalidad católica más rancia. La cultura de la confesión ha cultivado la idea de que con un ritual expiatorio es posible resarcir nuestros actos no importa cuán viles sean. En un mundo con leyes civiles y justicia presuntamente democrática, unas palabras mágicas no pueden borrar nuestras afirmaciones ni nuestros actos.

Solo podemos borrarlos nosotros mismos trabajando con ahínco contra nuestros propios errores. Pero para eso hace falta mucho más que unas disculpas hipócritas.