Skip to content

El día que Chuck Palahniuk te metió una pokéball por el culo

Acabo de leer la última novela de Chuck Palahniuk, el aclamado autor de El Club de la Lucha. Lleva por título Eres Hermosa y arranca como una 50 sombras de Grey donde la chica es Bridget Jones y Christian Grey es Elon Musk. Luego sigue con algunas descripciones sexuales dónde lo erótico ralla el fetiche clínico, propone la bizarrísima idea de una especie de arte marcial-sexual y todo ello mientras narra un apocalipsis consumista.

Llamar sátira a esta novela justifica su absoluta inverosimilitud y un lado descerebrado que, a mi parecer le resta algo de fuerza a una crítica social que serviría para descodificar fenómenos de consumo de masas e innovación tecnológica. Fenómenos como Pokémon go, la app del momento.

La idea de cazar Pokémon vía GPS ya me fascinaba cuando era una broma de Google y me sigue chiflando ahora ya que se ha convertido en otro unicornio imprevisto cuando todo el mundo daba por muerta la realidad aumentada y cuando Ingress, el otro juego para móvil en el mundo real no había logrado convencer como Pokémon Go pese a contagiarse de su éxito. Ahora es muy fácil analizar su éxito a posteriori, diseñarlo des del principio no tanto.

La app es un auténtico fenómeno de masas… Ya se ha convertido en un tema pop y en algo capaz de romper parejas:

Y no deja de darme cierta grima. En el libro de Palahniuk los juguetes sexuales de Eres Hermosa producen tal placer que se convierten en una especie de droga para mujeres en todo el mundo llegando a sustituir a sus maridos. Estas van dejando que la marca entre más y más en su vida, hasta renunciar a sus pasiones u obligaciones para dedicarse en cuerpo y alma a su nueva adicción.

Pokémon Go solo hace grotescos los problemas de convivencia con el ocio móvil. Al sacar el ocio de sus fronteras habituales, este conquista espacios habitualmente destinados a otras actividades. El móvil nos acompaña a más sitios que las consolas portátiles y de repente, cualquier momento parece bueno para jugar. Puede que creas que hayas quedado para cenar con unos amigos pero resulta que a la cena han venido también varios Zubats, dos Charmanders y un Digglet que son motivo suficiente para que te practiquen phubbing en realidad aumentada.

pokemon-tattoo

A priori es bueno que un videojuego que te saque a la calle y que fomente el ejercicio físico. Me atrevería a decir que conociendo los síntomas hikikomoris de algunos gamers, Pokémon Go ha evitado no pocos déficits de vitamina D y quizá disminuya el riesgo cardiovascular de una generación entera. Sin embargo, el juego no solo se adueña de cualquier espacio que visites, sino que también lo hace del tiempo. La industria puede consentir que el juego sea más saludable y más social, pero no que dejes de jugar.

Suena a predicador evangélico o a comunista moralista, pero una app así puede vampirizar tu vida. Un videojuego, en tanto que forma de consumo cultural puede ser una forma de crecimiento personal, como lo es una buena historia. Pero simplemente, es un proyecto ajeno a tu vida, un libro que puedes cerrar, una pantalla que puedes apagar. Pero el móvil es lo primero que miramos al levantarnos y lo último que vemos al irnos a dormir.

La falacia de que cada uno puede hacer lo que quiera con su vida contradecirá los argumentos que hasta ahora he expuesto. La privacidad tampoco hará que nadie se detenga a meditar. Es público y notorio que he claudicado ante todas las redes sociales a pesar de ser muy crítico con ellas en lo que respecta al uso de nuestros datos. Los cambios de paradigma están ahí y hay que aceptarlos. Porque Pokémon Go lo será y la posibilidad de hacer una minería de datos sin precedentes con todos nuestros movimientos, que pueda ser una herramienta sublime para tender trampas o sus posibilidades publicitarias más que obvias no impedirán en absoluto que triunfe (más bien apoyarán ese éxito con más beneficios, más desarrollo y más inversión en marketing).

El juego, como todos los cambios de paradigma, tiene problemas insospechados. Nadie había roto jarrones jugando a videojuegos hasta que llegó la Wii, también de Nintendo. Moviéndote por sitios, puedes meterte en líos. Pero esto es la anécdota. Lo que no lo es, es que ya no sales a pasear, sales a buscar Pokémon y, de repente le practicas phubbing a tu entorno y tu barrio, que ya no es el lugar donde vives, sino una jungla que quieres explotar, una especie de recurso natural que te provee de más bichos que cazar.

Tu relación con el espacio es nueva y llena de problemas derivados, no ya del cambio de paradigma, sino del hecho de que el nuevo paradigma es arbitrario y fijado por un algoritmo o por los desarrolladores. En el nuevo paradigma del espacio, la realidad no tiene ningún control sobre la nueva realidad aumentada. Ya le estás pidiendo cosas a la realidad que a lo mejor esta no puede satisfacer.

Y del mismo, modo, la realidad se ve obligada a mutar, como el templo budista que trató de adaptarse a Pokémon Go, por culpa de esta nueva capa de realidad aumentada que se le ha añadido encima. No es ninguna estupidez que para interactuar con espacios públicos (incluidos los no visibles como los radioeléctricos o los aéreos) hagan falta permisos. Bien, Pokémon Go ha colonizado un espacio que no está en ninguna parte pero que, sin embargo, tiene consecuencias sobre la realidad. Abstracto, lo sé. Pero no me parece que montar una gimkana high tech en cada ciudad de cada país sea algo que se pueda hacer sin permiso de las autoridades.

Aunque, la verdad si de la clase política dependemos, el polen de los Bulbasaurs nos matará de alergia antes de conseguir una regulación eficaz sobre este nuevo espacio público fruto de la realidad aumentada. Resulta inquietante que los políticos no entiendan esto pero aún lo es más que no entiendan cómo funciona la app, que la pongan en duda por cuestiones equivocadas y que no se preocupen de lo que realmente importa con respecto a Pokémon Go.

De forma inconsciente, siempre he pensado que cuando mucha gente hace algo, no puede ser demasiado bueno. Como si fuéramos demasiado heterogéneos para ponernos TANTOS de acuerdo en ESO. A pesar de guiar muchas decisiones de mi vida, a nivel de razonamiento esto no se aguanta por ninguna parte y, además Javi Sánchez afirma en GQ que si me meto con Pokémon Go, es más bien cuestión de miedo, envidia o de un sentimiento por el estilo.

Pero no puedo dejar de ver gente jugando por la calle siguiendo los dictados de una app que no solo absorbe sus pensamientos como quiere (como cualquier otro juego) sino que también dicta sus movimientos. Acúsenme de tecnófobo, si quieren. En Xataka dicen que viciarse a Pokémon Go es nuestro zeitgeist. La verdad es que si los juegos van conquistando más y más espacios, las relaciones sociales se irán entorpeciendo. Puede que en el futuro todo suceda a través de una pantalla. Pero, amados tecnófilos… ¿os produce placer que alguien os ignore cazando Pokémon? A mí no. Y a vosotros tampoco. Pero no sois malvados ni débiles. Simplemente, con las razones de su éxito que apuntaba al principio, la app usa resortes existentes en nuestro cerebro y hace que poco a poco, prefiramos las pantallas a los rostros humanos.

Aunque Eres Hermosa es una novela para pasar el rato, Palahniuk no es un mediocre. Lo prueba su prolífica imaginación con su visión distópica da en el clavo: el juego se adueña poco a poco de sus jugadores. Estos ya no eligen jugar libremente, porque acaso nunca han sido consumidores libres y rechazan a quienes tratan de arrancarles del juego. Quizá siempre han sido adictos potenciales. Esos resortes del cerebro: apartar sutilmente a quienes no te reportan el placer de captura un Psyduck o perder completamente la chaveta ante una simple broma. Son comportamientos adictos, igual que lo es la imposibilidad de tomar en consideración el feedback de un crítico.

Los datos ya respaldan esta teoría. Pokémon Go es uno de los juegos más jugados por los internautas y va camino de entrar en la batalla de las plataformas, aunque aún no supera las grandes redes sociales (el artículo que enlazo hace hincapié en otro tema preocupante: como el conocimiento del juego desplaza a otras cuestiones de interés público como por ejemplo, saber quién manda).

Cuando algo privado conquista lo público (y la Madre Rusia: la foto que ilustra este artículo es de Ekaterinburg), cuando tatúas un lema en la piel, cuando mueves sumas importantes de capital por un fenómeno así, cuando la gente se comporta como una marabunta y cuando otros se aprovechan, lisa y llanamente, para timarte… Jugar deja de ser un pasatiempo inocente: es un acto de consumo con influencia en ti y en los demás. No es una película cuyos fans acuden disfrazados al estreno. No lo es, porque el disfraz de entrenador te lo puedes sacar pero este juego irá siempre contigo, anulando pequeñas facetas de tu vida y sin que tengas ningún control sobre dónde te manda y sobre qué te pide.

A pesar de que la novela de Palahniuk que vaticina el apocalipsis ocioso tiene un ritmo antinatural y estilísticamente deja mucho que desear, tiene muchos aciertos. Para mí, lo mejor es su desbordante inventiva de gadgets sexuales de ciencia ficción. Uno de ellos, las piedras casadas, consiste en dos imanes rodeados de silicona que, introducidas una por el recto y otra por la vagina se atraen en el interior del cuerpo y comprimen determinada zona que por lo visto provoca un placer que anula el individuo. Su atracción es tan potente que no pueden sacarse sin ayuda. Es sexo ficción (supongo). A diferencia del que se aislaba en su habitación a jugar, todos los que buscan Abras, Dratinis y Magikarps por las calles no están atrapados, no están dentro de una pokéball a merced del control de sus entrenadores. No. Más bien llevan la pokéball metida por el culo. Y no pueden sacársela, porque su amaestramiento no incluye ese truco.

Pero espera, que no voy a terminar diciendo culo. No es mi estilo (¿a quién quiero engañar?). No quiero ver conspiranoias por todas partes. Aunque sigo viendo los peligros, quizá ni los creadores de Pokémon Go tenían claro qué podía suceder y tal vez no sabían que su app podía representar verdaderos problemas de adicción o crea conflictos con el espacio público.

A juzgar por el rendimiento pésimo del juego (que me da problemas en una versión modificada de Android) y de sus servidores, seguro que no preveían la demanda que han generado. A fin de cuentas, eso es un punto en común muy curioso con Eres hermosa de Palahniuk. Y no lo digo porque la novela está escrita con dejadez, como si su autor buscar Pokémon. Lo afirmo porque ambos productos son tremendamente adictivos pese a estar manifiestamente mal hechos. Puestos a estar sometidos a manifestaciones culturales, es un poco triste que estas sean mediocres.

Aunque, ante la amenaza del apocalipsis ocioso que vaticina Palahniuk, quizá mejor que Pokémon Go esté mal hecho. La droga demasiado pura, mata.

Crédito de la foto.